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miércoles, 2 de septiembre de 2026

LO QUE PARECE ESTABLE POESÍA REUNIDA1987-2021 /LUIS EDUARDO GARCÍA

Comentario:


La inestabilidad como forma de conocimiento

LO QUE PARECE ESTABLE

Poesía reunida 1987-2021




LO QUE PARECE ESTABLE Poesía reunida 1987-2021, de Luis Eduardo García. El libro reúne siete poemarios y, por declaración expresa del autor, constituye la totalidad de su poesía publicada hasta 2021.



LO QUE PARECE ESTABLE: Poesía reunida 1987–2021, de Luis Eduardo García, no adquiere su verdadera dimensión únicamente por reunir treinta y cuatro años de escritura ni por permitirnos recorrer las siete estaciones de una trayectoria poética particularmente singular. Su importancia radica, sobre todo, en que la distancia del tiempo hace visible la profunda continuidad de una obra que, aun transformándose de libro en libro, vuelve una y otra vez sobre un mismo núcleo de preocupaciones: el extravío, el exilio, la soledad, el amor, la muerte, la memoria, la identidad, el lenguaje, la incertidumbre y la filosofía. Son obsesiones que cambian de forma, de tono y de perspectiva, pero que permanecen vinculadas por una pregunta fundamental y nunca clausurada: ¿Qué lugar ocupa el individuo en un universo cuya lógica, acaso, está destinado a no comprender por completo?

El volumen, publicado en 2021 por el Fondo Editorial de la Municipalidad Provincial de Trujillo dentro de la Colección Rescate, reúne Dialogando el extravío (1987), El exilio y los comunes (1989), Confesiones de la tribu (1991/1992), Teorema del navegante (2008), La unidad de los contrarios (2011), Filosofía vulgar (2013) y Manual de sabiduría (2021).

El título general constituye, por sí mismo, una magnífica clave de lectura. “Lo que parece estable” es una formulación que contiene una paradoja: aquello que aparenta permanencia está sometido, en realidad, al movimiento, al desgaste y a la transformación. La estabilidad es apariencia; el cambio, sustancia. La poesía de García parece construirse precisamente en ese intervalo: entre aquello que creemos conocer y aquello que la experiencia se encarga de desmentir.

La obra entera podría leerse, entonces, como una larga investigación poética sobre la inestabilidad de lo humano.


Una obra construida contra la comodidad de las etiquetas

Una de las virtudes mayores de esta poesía es que se resiste a ser reducida a una fórmula generacional.

El propio García recuerda que Dialogando el extravío, su primer libro, se apartaba deliberadamente de la escritura coloquial y conversacional que identificaba a buena parte de la poesía peruana de los años ochenta. Se trataba, según sus propias palabras, de un libro eminentemente lírico. Posteriormente, con El exilio y los comunes, intentó desplazarse hacia una visión más épica y social; con Confesiones de la tribu, hacia una construcción cosmogónica; y, a partir de Teorema del navegante, comenzó a desarrollar explícitamente una escritura en la que poesía y filosofía se vuelven prácticamente indistinguibles.

Este desplazamiento constituye uno de los aspectos más interesantes del volumen.

García no permanece fiel a una estética; permanece fiel a una pregunta.

Por eso su poesía puede cambiar de registro, de extensión, de tono y hasta de procedimiento verbal sin perder continuidad profunda. El poeta joven de Dialogando el extravío es reconocible en el poeta maduro de Manual de sabiduría, aunque ambos habiten lenguajes considerablemente diferentes.

El primero busca la identidad en la niebla.

El segundo sospecha incluso de la identidad que cree haber encontrado.

Entre ambos existe una trayectoria que va del lirismo a la reflexión, de la confesión a la ironía, del símbolo a la hipótesis, de la mitología personal a la especulación filosófica.


Dialogando el extravío: la fundación de una poética de la intemperie

El primer libro es, en cierto sentido, el laboratorio original de toda la obra.

Desde su título, Dialogando el extravío, aparece una contradicción esencial: el extravío supone pérdida de orientación; dialogar implica, en cambio, establecer una relación, intentar comprender. El poeta se encuentra perdido, pero no renuncia a interrogar su pérdida.

El libro está atravesado por imágenes de soledad, abismo, sombra, memoria, lluvia, mar, olvido, muerte y ausencia. El yo lírico no se presenta como una conciencia soberana, sino como un sujeto vulnerable, desgarrado y permanentemente interrogativo.

En el poema inicial, la voz declara:

“La soledad,
el vértigo
y la neblina donde habito.”

La imagen es programática. No se trata simplemente de describir un estado sentimental: la neblina es una epistemología. El mundo aparece velado; conocer significa desplazarse dentro de una incertidumbre.

Más adelante, el poema formula una de las afirmaciones decisivas de esta etapa: “Solo el verso es infinito”. La escritura aparece así como una forma de resistencia frente a la desaparición.

La poesía surge allí no como ornamento, sino como respuesta a la mortalidad.

El sujeto está condenado a perder: pierde amores, tiempo, juventud, identidad, certezas. Pero mientras pueda nombrar esa pérdida, la experiencia no desaparece completamente.

De ahí que el lenguaje tenga una función casi ontológica.

El poeta no escribe porque conozca la respuesta; escribe porque no puede dejar de formular la pregunta.


Del extravío individual al exilio colectivo

Con El exilio y los comunes, la poesía experimenta una ampliación significativa.

El sujeto ya no está solamente extraviado en su interioridad: ahora aparece situado en una comunidad, una ciudad, una historia y una experiencia social.

El propio autor reconoce ese desplazamiento hacia una perspectiva más épica y social.

Pero el concepto de “exilio” adquiere aquí una dimensión mucho más compleja que la estrictamente política.

El exilio es también existencial.

El individuo está exiliado de sí mismo, de los otros, del amor, de la ciudad, de la historia e incluso de una posible trascendencia.

En “Agresión en la niebla”, por ejemplo, Lima aparece como una geografía hostil, una ciudad de calles húmedas, soledad y violencia. El sujeto camina herido entre “poetas”, “exiliados”, “putas” y “transeúntes”; finalmente comprende que la soledad puede constituir “el crimen perfecto”.

Aquí emerge una característica central de García: la experiencia personal nunca permanece completamente privada.

La herida individual se convierte en metáfora social.

La ciudad, por su parte, no es simple escenario. Es una maquinaria que produce extrañamiento.

El poeta frente a los “comunes”

La expresión “los comunes” es especialmente significativa.

García no construye una oposición sencilla entre individuo excepcional y masa anónima. Más bien ironiza sobre la necesidad del poeta de sentirse diferente mientras simultáneamente descubre que comparte con los demás las mismas formas de miedo, deseo, fracaso y mortalidad.

En “Un día en la vida”, el hablante se autodefine mediante una cadena de contradicciones: héroe y traidor, individuo y multitud, lucidez y desventura.

Esa contradicción será fundamental en los libros posteriores.


El desierto como territorio de memoria y origen

Uno de los grandes hallazgos simbólicos del conjunto es el desierto.

No es únicamente paisaje costeño. Es memoria, origen, vacío, prueba, exilio y escenario de la construcción humana.

En “Campos de arena”, el desierto se convierte en una suerte de territorio fundacional:

“aquí sembramos viento y cosechamos tempestades”.

La frase resume admirablemente una concepción histórica de la existencia: el ser humano construye su vida sobre un terreno que no garantiza ninguna cosecha.

El desierto es, por tanto, una metáfora de la condición humana.

En “Tribu”, esa metáfora alcanza una dimensión genealógica. La familia aparece como una pequeña civilización nacida de una pareja primordial, cuyos hijos y descendientes reproducen simultáneamente la esperanza y el conflicto.

La tribu no es solamente familia.

Es la especie humana.

El poema convierte la historia familiar en mito de origen y, al mismo tiempo, reduce el mito a una experiencia doméstica.

La gran historia comienza alrededor de una mesa.


Confesiones de la tribu: la invención de una mitología familiar

Confesiones de la tribu representa uno de los momentos más interesantes de la primera etapa.

La estructura misma del libro —“El varón”, “La fémina”, “Los hijos”, “Y los hijos de los hijos”— revela una voluntad de construir una genealogía.

El procedimiento es particularmente eficaz: García convierte las relaciones familiares en voces arquetípicas.

Padre, madre, hijos y descendientes dejan de ser únicamente individuos y adquieren una dimensión casi antropológica.

Pero el libro evita el tono puramente solemne gracias a la tensión entre mito y vida cotidiana.

El padre habla como fundador de una estirpe, pero también como hombre consciente de sus errores. La madre aparece asociada al sacrificio, la continuidad y el amor. Los hijos representan la ruptura, el desplazamiento y la búsqueda de otra verdad.

La familia funciona así como una miniatura de la humanidad.

La pregunta fundamental ya no es “¿quién soy?”, sino:

¿de dónde venimos y qué heredamos de quienes estuvieron antes?

Y esa pregunta conduce inevitablemente a otra:

¿qué estamos transmitiendo a quienes vendrán después?


El gran salto temporal: 1991-2008

Hay un silencio editorial considerable entre Confesiones de la tribu y Teorema del navegante. El volumen no necesita ocultarlo: al contrario, la distancia temporal forma parte de su propia arquitectura.

Cuando García reaparece en 2008, no lo hace simplemente retomando la estética de los libros anteriores.

Regresa transformado.

El cambio más importante es la incorporación sistemática de la filosofía como procedimiento poético.

El propio autor identifica explícitamente Teorema del navegante, La unidad de los contrarios, Filosofía vulgar y Manual de sabiduría como parte de un plan creativo donde poesía y filosofía se hibridan.

Este es probablemente el núcleo más original de la segunda etapa de su obra.

García no pretende hacer filosofía en verso.

Hace algo más interesante:

utiliza el poema para pensar.


Teorema del navegante: pensar desde el movimiento

El título contiene una provocación intelectual.

Un teorema promete una demostración, una verdad susceptible de ser formulada con precisión. Pero el navegante pertenece al territorio de la incertidumbre.

La contradicción es deliberada.

El poema final del libro lo explica con precisión extraordinaria:

“un verdadero navegante
no sale de un puerto para llegar a otro puerto.”

El viaje auténtico consiste en no llegar a ninguna dársena.

Esta idea permite reinterpretar retrospectivamente toda la poesía anterior.

El extravío del primer libro no era un accidente.

El exilio tampoco.

La navegación es su forma madura.

El poeta ha comprendido que la existencia no consiste en alcanzar una respuesta definitiva, sino en sostener el movimiento de la pregunta.


La biblioteca entra en el poema

A partir de Teorema del navegante, la poesía de García se vuelve crecientemente intertextual.

Aparecen Lisboa, Cioran, Pessoa, Borges, Amsterdam, Huanchaco, el Tao, el Big Bang y otros espacios, autores o sistemas de pensamiento. El índice mismo revela esa amplitud de referencias.

La biblioteca deja de ser contexto y se convierte en materia poética.

Esto resulta fundamental porque García no escribe desde una idea romántica del poeta aislado.

Escribe desde la conciencia de pertenecer a una tradición.

Pero tampoco se somete reverencialmente a esa tradición.

La utiliza, la desmonta, la mezcla y, sobre todo, juega con ella.

Cioran puede convivir con el lenguaje científico.

Borges puede aparecer junto a Vallejo.

La metafísica puede cruzarse con una marca comercial.

El Tao puede encontrarse con la experiencia urbana.

El resultado es una poesía de alta contaminación cultural, en el mejor sentido del término: una poesía que no acepta fronteras rígidas entre literatura, filosofía, ciencia, cultura popular y experiencia cotidiana.


La unidad de los contrarios: el pensamiento como paradoja

Si Teorema del navegante formula la existencia como viaje, La unidad de los contrarios la formula como tensión.

La estructura del libro —“El cristal con que se mira”, “Detrás del cristal con que se mira” y “La unidad de los contrarios”— ya constituye una teoría de la percepción.

Ver significa interpretar.

Interpretar significa deformar.

Y toda mirada depende del cristal desde el cual se observa el mundo.

Uno de los poemas afirma:

“Amar es una aproximación cuando alguien lo permite.”

Y enseguida convierte el amor correspondido o no correspondido en una cuestión casi cosmológica.

La gran operación de este libro consiste en desplazar el sentimiento hacia el pensamiento sin destruir su dimensión afectiva.

El amor continúa siendo amor, pero ahora también es problema.

La identidad continúa siendo identidad, pero es también paradoja.

La realidad continúa siendo realidad, pero depende de la mirada.

El mundo deja de ser una evidencia y se transforma en hipótesis.


La paradoja como método

En este punto puede formularse una de las características centrales de la escritura madura de García:

la paradoja no es un recurso ornamental; es un método de conocimiento.

Lo que parece opuesto termina revelando una dependencia mutua.

Vida y muerte.

Amor y desamor.

Orden y caos.

Memoria y olvido.

Realidad y ficción.

Belleza y fealdad.

Certeza y duda.

Materia y espíritu.

El propio poema final de La unidad de los contrarios enumera una serie vertiginosa de oposiciones y concluye afirmando que la unidad nace precisamente de aquello que parece separado.

La poesía de García encuentra su equilibrio no eliminando la contradicción, sino habitándola.


Filosofía vulgar: cuando la filosofía abandona el pedestal

Con Filosofía vulgar, el proyecto adquiere un tono más corrosivo.

El título contiene una declaración estética: la filosofía debe descender de la solemnidad.

No se trata de vulgarizar el pensamiento en sentido peyorativo, sino de devolverlo a la calle, al cuerpo, al absurdo, a la experiencia cotidiana.

El libro está organizado en “Conjeturas” y “Filosofía vulgar”, e incluye títulos como “Carta de un náufrago”, “Hipótesis del mal”, “Agujero negro”, “Discurso del truhán”, “Diógenes”, “Horóscopo”, “Aquelarre”, “El mito de la caverna” y “Arte poética”.

La palabra clave es conjetura.

Ya no se pretende alcanzar la verdad.

Se formulan hipótesis sobre ella.

En “Hipótesis del mal”, García imagina sucesivamente que la Tierra podría ser el infierno de otros planetas, que el hombre podría ser la única especie que tortura y que Dios podría ser simplemente una hipótesis.

La ironía cumple aquí una función epistemológica.

El poeta sospecha de las respuestas definitivas porque sabe que las respuestas definitivas suelen convertirse en dogmas.


Cioran, la duda y la inteligencia de la incertidumbre

No resulta casual que Emil Cioran aparezca como figura tutelar.

La presencia del pensamiento cioraniano ayuda a comprender la tonalidad de esta etapa: lucidez, escepticismo, conciencia del absurdo, sospecha frente a las grandes explicaciones.

Pero García no se limita a reproducir ese pensamiento.

Lo poetiza, lo populariza y lo subvierte.

Su filosofía vulgar no pretende convertirse en tratado.

Es una filosofía hecha de imágenes, contradicciones, juegos conceptuales y asociaciones inesperadas.

La poesía piensa, pero piensa de manera irreverente.


Vallejo y la conciencia de la tradición peruana

Uno de los momentos más logrados de Filosofía vulgar es “Las polillas han devorado un libro de Vallejo”.

El poema convierte la desaparición material de un libro en una reflexión sobre la supervivencia de la poesía.

Los gusanos destruyen las páginas, pero la poesía escapa de ellas. El libro se deteriora y, paradójicamente, ese deterioro abre una ventana hacia el universo.

La referencia a Vallejo es significativa porque García no solo dialoga con la tradición peruana: reflexiona sobre la posibilidad misma de que una tradición sobreviva.

El libro destruido plantea una pregunta inquietante:

¿Qué ocurre cuando desaparece el soporte de la literatura?

La respuesta del poema es esperanzadora y paradójica: quizás incluso las larvas terminen convirtiéndose en poetas.

La poesía sobrevive transformándose.

Exactamente como la obra de García.


Arte poética: destruir para crear

En “Arte poética”, García ofrece probablemente una de las declaraciones más claras sobre su propia escritura.

El poema compara los pensamientos con pompas de jabón: miles explotan; apenas una sobrevive. Esa supervivencia no es accidental: es el resultado de un proceso de eliminación.

La metáfora es especialmente reveladora.

Escribir consiste en destruir posibilidades.

El poeta no produce simplemente imágenes: selecciona, descarta, elimina.

Por eso la creación aparece como una “destrucción continua”.

Esta concepción permite comprender también la evolución de los libros: cada etapa parece destruir una versión anterior del poeta para producir otra.


Manual de sabiduría: la madurez de la ironía

Llegamos finalmente a Manual de sabiduría, publicado en 2021.

Aquí el poeta que comenzó dialogando con su extravío parece haber llegado a una forma distinta de sabiduría: la de no tomarse demasiado en serio las respuestas que encuentra.

El libro se divide en “Consejos para Luciana” y “Psicografías”, y contiene textos como “En caso pregunten si tu padre fue poeta”, “En caso indagues por la riqueza que te dejo”, “En caso tengas un reloj en lugar de un corazón”, “En caso te seduzca ser alguien”, “Homo Sapiens”, “Astronauta”, “Entropía”, “Luciana” e “Internet de las cosas”.

El cambio de perspectiva es extraordinario.

El joven poeta que buscaba su identidad ahora habla con una hija.

La poesía deja de ser únicamente búsqueda individual y se transforma en herencia.


Luciana y la transformación del legado

El poema “En caso indagues por la riqueza que te dejo” constituye uno de los momentos emocionalmente más significativos del volumen.

El poeta reconoce que no puede legar una fortuna material.

Puede legar, en cambio, un oficio, palabras, pensamiento, sueño, silencio y una forma de mirar.

Esta idea reorganiza retrospectivamente toda la obra.

¿Qué deja un poeta después de treinta y cuatro años?

No necesariamente respuestas.

No necesariamente certezas.

Deja una sensibilidad.

Deja un modo de mirar.

Deja lenguaje.

Deja preguntas.

En ese sentido, Manual de sabiduría funciona como testamento poético.


La sabiduría consiste en sospechar de la sabiduría

Hay, sin embargo, una ironía decisiva.

El libro se llama Manual de sabiduría, pero su autor parece desconfiar de la posibilidad de escribir un auténtico manual de sabiduría.

La fórmula “En caso...” transforma la enseñanza en posibilidad, no en mandato.

No dice:

“Haz esto.”

Dice:

“En caso de que esto ocurra...”

Es una sabiduría condicional.

Una sabiduría que conoce sus límites.

El poeta no se presenta como maestro omnisciente, sino como alguien que ha vivido suficiente para saber que la experiencia tampoco garantiza la verdad.


Ciencia, tecnología y metafísica

Uno de los rasgos más contemporáneos del último García es su incorporación del vocabulario científico y tecnológico.

En las “Psicografías” aparecen términos como “Agujeros negros”, “Partículas elementales”, “Homo Sapiens”, “Astronauta”, “Hipótesis” y “Entropía”, hasta llegar a “Internet de las cosas”.

Pero el propósito no es científico.

La ciencia funciona como nuevo repertorio metafórico para formular las preguntas antiguas.

El Big Bang sustituye a veces al Génesis.

La entropía reemplaza ciertas antiguas imágenes de decadencia.

El agujero negro se convierte en metáfora de lo desconocido.

El ADN puede ocupar el lugar que antes ocupaban genealogías y mitologías.

La tecnología aparece como una nueva amenaza contra la interioridad.

En “Internet de las cosas”, el poeta imagina un mundo en que los datos podrían adquirir mayor importancia que los sentimientos y en el que el amor sería tratado como una cursilería arcaica.

La preocupación es inequívocamente contemporánea:

¿qué queda de lo humano cuando la información sustituye a la experiencia?


Del “ruido de las cosas” al silencio interior

Esta preocupación ya había aparecido en Filosofía vulgar, particularmente en “El ruido de las cosas”.

El poema afirma que un miedo profundo a escuchar nuestro “mar interior” nos obliga a envolvernos en el ruido exterior.

Es una idea central para comprender la poesía de García.

La ciudad hace ruido porque el sujeto teme escucharse.

La tecnología hace ruido porque el sujeto teme el silencio.

La información hace ruido porque la conciencia no sabe qué hacer con el vacío.

En consecuencia, el poeta aparece como una figura contracultural: su tarea consiste en recuperar el silencio dentro del ruido.


Una poética de la memoria

A lo largo de los siete libros hay una obsesión persistente por el pasado.

Pero García no entiende la memoria como simple archivo.

La memoria es una sustancia inestable.

Recuerda, deforma, inventa, mezcla.

Por eso en su poesía abundan fotografías, libros, cartas, discos, canciones, ciudades, padres, amantes y objetos aparentemente insignificantes.

El pasado no vuelve.

Se reconstruye.

Y esa reconstrucción es precisamente una operación poética.


El amor: de la herida al conocimiento

El amor atraviesa prácticamente todas las etapas del volumen.

En los primeros libros aparece asociado a la pérdida, la nostalgia y la soledad.

En los libros filosóficos se convierte en problema conceptual.

En La unidad de los contrarios, amar implica aproximarse, dejar de ser uno para convertirse en dos, aceptar la posibilidad de que la unidad nunca sea completa.

En Manual de sabiduría, finalmente, el amor se transforma en materia pedagógica: el padre intenta advertir a la hija, pero reconoce que no puede prevenirla de los efectos del amor.

Aquí aparece una de las grandes ironías del libro:

la experiencia puede enseñar sobre el amor, pero no puede evitar que otro tenga que vivirlo.


La muerte como interlocutora permanente

No hay que leer esta poesía como una poesía simplemente “melancólica”.

La muerte está presente, sí, pero funciona más profundamente como principio estructurador de la conciencia.

El poeta sabe que todo termina.

Precisamente por eso observa con tanta intensidad.

El mar, la lluvia, el desierto, las ciudades, las fotografías, los cuerpos, los libros y las estrellas aparecen sometidos al tiempo.

La poesía no derrota a la muerte.

Hace algo más modesto y quizá más importante:

transforma la desaparición en memoria.


La ciudad y la geografía peruana

Aunque la poesía de García alcanza dimensiones universales, nunca abandona completamente una geografía concreta.

Piura, Lima, Huanchaco, el desierto costeño, las carreteras, los edificios, los muelles, los parques y las avenidas aparecen como espacios de experiencia.

“Avenida Grau”, por ejemplo, convierte la calle urbana en una cadena de asociaciones metafóricas donde la ciudad, el árbol, el amor y la repetición terminan formando una misma estructura simbólica.

Este procedimiento es importante.

García no necesita elegir entre cosmopolitismo y pertenencia local.

Puede hablar de Pessoa, Cioran, Borges, Tao o Big Bang y, simultáneamente, escribir desde Huanchaco o una avenida de Piura.

Su poesía demuestra que lo universal no está necesariamente fuera de lo local.

A veces está profundamente enterrado en él.


La cultura popular como materia poética

Otro elemento distintivo es la convivencia de registros.

Los Beatles pueden aparecer junto a Pascal.

Un semáforo puede convivir con una reflexión metafísica.

Una rockola puede compartir espacio con Li Po.

Un correo electrónico puede ocupar el lugar de una antigua carta.

Esta mezcla evita que la poesía se convierta en una ceremonia excesivamente solemne.

García entiende que el mundo contemporáneo está compuesto precisamente de esa heterogeneidad.

La alta cultura y la cultura popular ya no viven en compartimentos separados.

La poesía tampoco debería vivir allí.


El humor como mecanismo de supervivencia

Sería un error leer esta obra exclusivamente desde la gravedad.

Hay humor.

Hay sarcasmo.

Hay autocrítica.

Hay irreverencia.

Hay incluso una deliberada voluntad de desmontar la imagen solemne del poeta.

El propio autor se refiere en su nota inicial a la vanidad del poeta y recuerda con ironía sus primeros versos adolescentes.

Esta conciencia de la propia teatralidad resulta fundamental.

García sabe que el poeta puede convertirse fácilmente en personaje de sí mismo.

Por eso lo desarma mediante el humor.


Una poesía que desconfía de la solemnidad

La escritura de García posee una característica que puede parecer paradójica:

habla de asuntos trascendentales sin adoptar permanentemente un tono trascendental.

Habla de Dios, muerte, universo, identidad, amor, tiempo, filosofía y destino, pero puede hacerlo mediante un semáforo, un automóvil, una botella, una cucaracha, una rockola, un correo electrónico o un libro comido por polillas.

Esta estrategia tiene una consecuencia estética decisiva:

lo sublime aparece contaminado por lo cotidiano.

Y esa contaminación impide que la poesía se convierta en retórica.


El poeta como “animal de lenguaje”

Desde el primer libro hasta el último, García sostiene una fe fundamental: la palabra todavía puede producir conocimiento.

Pero no se trata de una fe ingenua.

La palabra también falla.

Miente.

Se contradice.

Se desgasta.

Es insuficiente.

Precisamente por eso debe ser sometida a experimentación.

El propio autor describe la poesía como una zona de reinvención y experimentación del lenguaje.

Su obra confirma esa declaración.


La arquitectura de una trayectoria

Vista en conjunto, la obra puede organizarse aproximadamente en cuatro grandes movimientos:

Etapa                                    Libros                                        Movimiento dominante

I                        Dialogando el Extravío                    Interioridad, soledad, amor, pérdida.

II    El exilio y los comunes, Confesiones de la tribu   Comunidad, familia, historia, origen.

III             Teorema del navegante, La unidad de         Filosofía, paradoja, conocimiento,          

                       los contrarios, Filosofía vulgar                                    lenguaje.

IV                            Manual de sabiduría                            Legado, paternidad, memoria, 

                                                                                                    ironía, ciencia, futuro.

Esta evolución no significa que desaparezcan los temas anteriores.

Al contrario:

se transforman.

El extravío se convierte en navegación.

El exilio se convierte en condición humana.

La tribu se convierte en genealogía.

El amor se convierte en paradoja.

La muerte se convierte en problema filosófico.

La memoria se convierte en legado.

La poesía se convierte en una forma de pensamiento.


La gran continuidad: el poeta nunca deja de estar perdido

Aquí reside quizá la clave más profunda de Lo que parece estable.

El poeta de 1987 está extraviado.

El poeta de 1989 está exiliado.

El poeta de 1991 busca su origen.

El navegante de 2008 no encuentra puerto.

El poeta de 2011 descubre que los contrarios no pueden separarse.

El filósofo vulgar de 2013 sospecha de toda certeza.

El poeta de 2021 intenta aconsejar a su hija, pero sabe que tampoco posee respuestas definitivas.

En otras palabras:

la trayectoria cambia de vocabulario, pero no de pregunta.

Y esa pregunta podría formularse así:

¿Cómo vivir cuando ninguna certeza es completamente estable?

El título del volumen responde de manera indirecta:

todo lo que parece estable está en movimiento.


Una obra entre la poesía y el ensayo

Desde el punto de vista genérico, la escritura madura de García constituye una zona particularmente interesante.

No es poesía filosófica en el sentido tradicional.

Tampoco es filosofía propiamente dicha.

Es una escritura híbrida donde la imagen funciona como argumento y la idea adquiere comportamiento metafórico.

El poema ya no necesita describir una emoción.

Puede formular una hipótesis.

Puede plantear un problema.

Puede proponer una paradoja.

Puede ensayar una teoría del amor.

Puede incluso discutir sobre el universo.

El resultado es una poesía intelectualmente ambiciosa, pero que conserva la libertad imaginativa propia del poema.


La madurez: de la confesión a la lucidez

Uno de los rasgos más notables del recorrido es la progresiva pérdida de ingenuidad.

El primer García todavía parece buscar una salvación.

El García posterior comprende que quizá no exista.

Pero esta pérdida de ingenuidad no conduce al nihilismo absoluto.

Hay todavía amor.

Hay todavía belleza.

Hay todavía memoria.

Hay todavía libros.

Hay todavía una hija a quien dejar palabras.

Hay todavía poesía.

Y eso constituye una forma de esperanza.

No una esperanza religiosa o doctrinal.

Una esperanza estética y humana.


El verdadero tema del libro: el tiempo

Aunque podamos identificar numerosos temas —amor, muerte, filosofía, familia, exilio, ciudad, ciencia, lenguaje—, todos parecen converger finalmente en uno:

el tiempo.

Todo en García está sometido al tiempo.

Los cuerpos. Las ciudades. Las relaciones. Las ideas. Los libros. Las fotografías. Los recuerdos. Los paisajes. El universo. Incluso la poesía.

Pero el poeta intenta producir una pequeña resistencia contra esa corriente.

Escribe.

Y al escribir transforma un instante en lenguaje.


La poesía como resistencia contra la desaparición

Por eso resulta particularmente significativa la afirmación del autor cuando recuerda que la poesía comenzó para él como una curiosidad adolescente y terminó convirtiéndose en una forma de vida.

Esa confesión ilumina retrospectivamente todo el volumen.

La poesía no fue una actividad secundaria.

Fue una manera de habitar el mundo.

Una forma de procesar el dolor.

Una forma de recordar.

Una manera de pensar.

Una forma de dialogar con los muertos.

Una manera de hablar con los vivos.

Y, finalmente, una manera de hablarle a una hija.


Valor literario del conjunto

Desde una perspectiva crítica, Lo que parece estable posee un mérito que trasciende la mera reunión bibliográfica.

Permite reconocer la existencia de una poética coherente en permanente transformación.

Su originalidad se sostiene en varios factores:

1. La integración de poesía y pensamiento.
García consigue que la reflexión filosófica no destruya la dimensión poética.

2. La capacidad de trabajar la paradoja.
Las contradicciones no son obstáculos sino motores de sentido.

3. La intertextualidad.
La obra conversa con escritores, filósofos, artistas, científicos y formas de cultura popular.

4. La amplitud de registros.
Conviven el lirismo, la narración, el aforismo, la reflexión, la ironía y el poema conceptual.

5. La incorporación de la ciencia y la tecnología.
El universo contemporáneo se convierte en nuevo territorio metafórico.

6. La transformación de la experiencia personal en experiencia colectiva.
La familia, el amor, la ciudad y la memoria adquieren dimensiones universales.

7. La autocrítica.
El poeta no se presenta como dueño de la verdad; cuestiona incluso la legitimidad de su propia voz.


Un poeta que se desconfía a sí mismo

Quizá esa sea una de las cualidades que más distinguen a García.

No escribe desde la certeza de saber.

Escribe desde la sospecha.

Por eso sus poemas abundan en preguntas, hipótesis, paradojas y contradicciones.

La poesía no llega para cerrar el mundo.

Llega para volverlo más complejo.

Y esta es una de las definiciones más exigentes de la literatura: aquella que no proporciona tranquilidad intelectual, sino una percepción más aguda de la incertidumbre.


El lugar de Luis Eduardo García

A partir de esta reunión, la obra de Luis Eduardo García puede ser considerada con mayor claridad dentro de la poesía peruana contemporánea.

No porque su escritura pueda reducirse a una determinada generación, sino precisamente porque ha desarrollado una trayectoria relativamente autónoma.

Su poesía comenzó apartándose de la coloquialidad dominante de los años ochenta; después incorporó la dimensión social, la mitología familiar y, finalmente, desarrolló una propuesta híbrida entre pensamiento, poesía, ironía y cultura contemporánea. El propio diseño del volumen permite observar esta transformación a través de sus siete libros.

El resultado es una obra que ha sabido cambiar sin renunciar a sí misma.


Lo que permanece es precisamente lo que cambia

Lo que parece estable es, finalmente, un título profundamente irónico.

Nada permanece estable en estos poemas.

El joven se convierte en adulto.

El amante se convierte en padre.

El exiliado se convierte en navegante.

El lírico se convierte en filósofo.

El filósofo se convierte en escéptico.

El escéptico se convierte en padre que aconseja.

La ciudad cambia.

El lenguaje cambia.

La tecnología cambia.

El cuerpo cambia.

La memoria cambia.

El mundo cambia.

Y, sin embargo, algo permanece.

No una doctrina.

No una verdad definitiva.

No una certeza metafísica.

Permanece la necesidad de escribir.

Esa parece ser la verdadera estabilidad de García: la inestabilidad misma como principio creador.

El poeta comenzó preguntándose quién era mientras atravesaba la niebla; décadas después continúa preguntándolo mientras contempla el universo, la ciencia, la historia, la muerte y el futuro de su hija. La pregunta no se ha resuelto. Pero precisamente allí reside la vitalidad de su obra.

Porque la poesía de Luis Eduardo García no pretende conquistar la verdad: pretende mantenerla abierta.

En esa apertura reside su inteligencia.

En su ironía, su libertad.

En su memoria, su humanidad.

En su permanente diálogo con la filosofía, su singularidad.

Y en su desconfianza frente a toda respuesta definitiva, su más profunda fidelidad al poema.

Lo que parece estable: Poesía reunida 1987-2021 puede leerse, por ello, como algo más que la suma de siete libros: es el registro de una conciencia poética que durante más de tres décadas ha convertido el extravío en método, la contradicción en conocimiento, la memoria en resistencia y el lenguaje en una forma de supervivencia.

En última instancia, García parece decirnos que vivir consiste en navegar sin puerto seguro, amar sabiendo que toda unidad es precaria, pensar aceptando que toda certeza puede quebrarse y escribir para que aquello que inevitablemente desaparece encuentre, al menos por un instante, una forma de permanencia.

Y acaso esa sea la única estabilidad que la poesía puede prometer.

La palabra que permanece mientras todo lo demás cambia.



CONTINUIDAD 

La misma calle y la odiosa alambrada del verano. 
La misma herencia peligrosa de vivir entre puertas 
y ventanas. 
La extraña obligación de peinarme, 
de acudir al elogio de las sombras 
o calzarme en la mirada 
 la tragedia freudiana de los diarios. 
Tomar el desayuno. 
Marcharme con un libro bajo el brazo. 
 Amar a los cipreses. 
Robar un lirio y gritar 
la audacia de algún verso. 
Escuchar un disco antiguo y preguntar por el horario 
de la dicha 
y tener en realidad las ganas de decir 
 que nada se detiene. 
¡Ah, horas terrenales, 
irresistibles verjas reiterantes que me legaron 
el odio y el amor, 
innumerables batallas donde camino amablemente 
vestido de poeta!




XIV 

Estás ahí, hablándote en secreto, 
dialogando sobre la doctrina 
de una realidad perdida. 
Fue todo el mito 
la vigencia de tu sombra. 
Resta el esperar. 
La soledad es la batalla que soñaste 
y trota en tus ámbitos de aeda. 
Y estás ahí, arrinconado, 
de cara contra el cielo 
y contra el mundo, 
casi en agonía: 
                       dialogando el extravío.




CAMPOS DE ARENA 

Para cumplir los mandamientos, 
a estos arenales nos trajeron hace tantas lunas. 
En fila india cruzamos la tierra prometida 
pegados al rastro del calor y los reptiles. 
Pan no tuvimos / agua no tuvimos, 
aquí sembramos viento y cosechamos tempestades, 
aquí seguimos levantando esteras, quincha, palo santo, 
porque la esperanza es lo último que muere con nosotros 
o nace con nosotros. 
Los pueblos siguen al lado de la vieja carretera; 
hacia allá corren los churres despidiendo caravanas: 
piaras, camiones, forasteros. 
El aire arrastra el trópico ritual de los antepasados. 
Los médanos de hoy ya no serán los médanos de mañana; 
tan solo el recuerdo del sol, la plenitud de nuestras vidas.




UN ÁRBOL 

                                                                              A Salvador Rosado, notable amigo. 


La obsesión por los bosques perturba mis sentidos. 
Los árboles lánguidamente repiten la soledad 
de las avenidas. 
Siluetas que besan el asfalto. 
Viejas presencias con la sombra 
y la otra sombra que persigo. 

De pie, 
bajo los semáforos, 
aprendo la lección de las poncianas. 

En luz verde sonrió a costa de los hombres. 
Y soy un hombre que quiere ser un árbol. 

Raudo y feliz corro, 
estoy corriendo a echar raíces por la ciudad entera. 
Cruzo patios y casas desoladas. 
Cruzo basurales. 
Presto me planto en parques y plazuelas 
y aun en el cemento 
quiero extender la heredad de mi prosapia. 

Lejos de las autopistas miro inclinarse los pinos. 
Allá voy como una emoción de plástico a integrarme. 

Renovado, vuelvo al desamor de la planicie. Siembro mis brazos. 
Siembro mis piernas. 
Pero nadie cree en mi condición de pino solitario. 

Por únicos huéspedes tengo los pájaros llegando a mi cabeza, 
el césped rodeándome, 
los tachos de basura expuestos al frío
del amanecer. 
Junto a mis raíces 
crecen los estambres y los gatos. 
Los comunes tiran colillas a mi alrededor. 
Husmean perros vagabundos y se alejan. 
Y se alejan. 

En el desastre de las horas 
los autos me arrojan el agua de los charcos. 
El viento sacude mis hojas, sacude mis ramas. 
Invadido por un nómada amor recojo las raíces y me marcho. 
¿En cuál esquina estoy ahora?, 
¿en qué jardín? 

No hay lugar desconocido por mi vegetal necesidad. 
De todos he huido con las hachas rozándome las venas. 
Hay piratas del sueño acechando 
pinos, 
eucaliptos. 
Hay policías naranjas buscándome en la memoria que algunos guardan 
de mí, 
ex transeúnte, 
ex poeta, 
alegre soledad. 

¿A dónde he de ir con mi savia y con mis hojas? 

Sé que los paisajes abstractos me esperan. 
Las colinas todas. 
Los valles que han de repetirme. 

Por toda la ciudad han tendido trampas. 
Estoy en peligro de muerte. 
Debo apostarme en la oscuridad, 
debo cerrar mis ojos para ignorar los anuncios luminosos 
                                                (STOP 
                                                DANGER 
                                                UN LOCO VEGETAL), 
irreversible y feliz entre el agua sucia de los años.




LOS HIJOS 


1 

En el principio era el Verbo, 
         la Providencia me repite, 
sin que nunca me haya sido concedido 
        el don de la escritura. 
Más bien el privilegio 
        me concierne en el orden natural: 
Yo, Mercedes, soy la primogénita, 
        el árbol liminar, 
la parte del Proverbio que a mis padres 
        fuera concedida. 
Así, dueña de mí, 
        de la presencia que el tiempo me confiere, 
ofrezco testimonio según el orden de las causas 
        que he buscado. 
Niña todavía, 
        hallé austeros mi vivir y mis juguetes. 
Sin embargo fui feliz, 
        y en ello cuento el dogma de mi vida, 
muy a pesar del mundo que dispongo 
        y el que me falta recorrer. 
Sorteando calendarios 
        ya puedo sacar en claro la enseñanza: 
 puritana, lo que se dice puritana, 
        nunca fui; mas celebro mi moral, 
 luego que esta fuera la muralla 
        en mi baraja con los hombres. 
Entera y responsable 
        declaré en propiedad mi juventud, 
sabiendo que de las aguas turbias 
        sin falta yo me libraría.
Ahora, desposada, 
        evidencio el ciclo de retorno 
en mi destino. 
        El parto doloroso que sufro 
por mis hijos, 
        es el mismo tránsito de la vida 
hacia mi muerte. 
        Y es costumbre cierta 
que así sea por los siglos de los siglos, 
        como cierto es el bolero de Marini 
que mi madre sigue cantando 
        en la soledad de su recuerdo.



2 

Nunca fue este reino de gentiles; 
            mas, extraño entre todos los extraños, 
hice votos de pobreza en tierra diferente. 
            En el camino —decían los antiguos— 
debes llevar las provisiones más ligeras; 
            jamás el cansancio ha de tocar tus pies, 
ni has de lavar heridas sin motivo. 
            Entonces fui por calles, por desiertos. 
Usé sandalias, toscas vestiduras 
            y, en ciertos casos, los vicios de la vida. 
Posiblemente llegué a oficio de cartero 
            para escribir noticias en las puertas. 
Pero solo en ocasiones he sobrevivido. 
            De gruesos manuscritos, como un ladrón, 
deduje el camino de mis predecesores. 
            Ahora la familia busca mi rastro, 
indaga referencias por las últimas comarcas, 
            mientras yo decido mi retiro 
sin comprender la argucia del linaje. 
            ¿Dónde, en qué noche me hallarán? 
¿Cuál será el destino de mis libros? 
            Tú lo sabrás, lengua de Dios y de los hombres.




PUERTO DE PALOS 

Vuelvo sobre mis pasos 
con la esperanza de recobrar lo perdido. 
Como un cangrejo calzo las huellas 
que alguien dejó sobre la arena gris. 
Primero afirmo la punta del pie, 
luego la redondez del talón. 
La playa se enfría, pero no mi cuerpo. 
El agua borra de a poco los moldes 
y yo tanteo los orificios 
con la esperanza de mimetizarme en las pisadas. 
Encajo las huellas antes que llegue la tarde 
y el sol acabe con mi lentitud de animal impaciente. 
No es bueno andar lo andado, 
menos desandar el camino que va y viene del mar. 
Voy, efectivamente, de cara a mi nacimiento 
y de espaldas a mi futuro. 
Soy, querido crustáceo, un miembro de tu estirpe, 
un auto con el parabrisas atrás y la maletera adelante, 
un barco con la popa en la proa y la proa en la popa, 
un señor que se cuida el pecho en lugar de las espaldas. 
En fin, amigo, un navegante sin brújula ni cuadrantes. 
Por eso, y sin quererlo, 
creí que iba a las Indias Orientales 
cuando en realidad viajaba hacia ninguna parte.




HUANCHACO 

Hay en esta costa un aire que baja desde el este 
y arroja arena en el rostro de curtidos veraneantes. 

Turistas tostados por el sol se arremolinan 
en el extremo más lejano del muelle. 

En el mercado de baratijas 
se codician chaquiras y balsas de totora en miniatura. 

Hace miles de años 
 una sana costumbre en este reino perdido del Pacífico 
era beber sangre enemiga en una copa de bronce.




TEOREMA DEL NAVEGANTE 

Este salvaje mar, 
este manto de aguas procelosas, 
no me deja partir ni llegar a donde quiero. 

Me consuela pensar 
que un verdadero navegante 
no sale de un puerto para llegar a otro puerto. 

El viaje fidedigno es arribar a ninguna dársena. 

Mi teorema me da siempre resultados, 
aunque me sienta después un traidor. 

Maldito egoísta, 
¿por qué los demás tendrían que navegar toda la vida?




1 

El amor puede estar allí, 
en el ojo del huracán, 
pero nadie lo ve o lo escucha. 
Uno puede estar envuelto 
en un dulce torbellino 
y no saber en qué dirección 
se desplaza el viento de la vida. 
Amar es una aproximación 
cuando alguien lo permite. 
Si por mala fortuna 
el viento pasa en sentido contrario 
o cruza el pecho de los hombres 
como una sombra muda, 
el universo pierde su estela de luz 
y cae como un castillo de naipes. 
En realidad, esa es la metáfora. 
 Amar sin ser amado 
 es una catástrofe de la especie, 
aunque le ocurra a un solo hombre.




16 

A cada quien le toca un pedazo de cielo 
o un tramo de tierra. 
A cada quien la vida le regala una chispa de luz 
o un retazo de sombra. 
A cada quien el destino lo premia con un regreso 
o una partida en las víspera. 
A cada quien le llega la pobreza del bien 
o la riqueza del mal. 
A cada quien el pasado lo lacera con fuego 
o con simples palabras de humo. 
A cada quien el porvenir le reserva un lugar 
o un vacío en la nada.




HIPÓTESIS DEL MAL 

Tal vez sea cierto que la tierra 
es el infierno de otros planetas. 
Entonces para qué enderezar entuertos 
si pagamos las culpas de nuestro superyó. 

Tal vez comprobemos que el hombre 
es la única especie que tortura. 
Entonces para qué el mapa genético 
si todos traemos el mismo estigma que Caín. 

Tal vez Dios solo sea una hipótesis 
y el universo la obra de un agujero negro. 
Entonces para qué buscar la causa del mal 
si la materia no se crea ni se destruye. 

Tal vez seamos de verdad 
los únicos que piensan. 
Para qué entonces el protocolo del bien 
si somos los asesinos desorganizados de siempre.




EL RUIDO DE LAS COSAS 

Un profundo miedo a oír 
nuestro mar interior 
nos obliga a envolvernos en el ruido de las cosas. 

El ser cae dentro de nosotros 
como la noche cuando vacía su contenido 
antes que llegue la claridad del día. 

Ante la imposibilidad de oír o ver, 
nos acostumbramos 
 a la bulliciosa crueldad 
de las ciudades que no duermen. 
Y únicamente así, 
 huyendo de nosotros mismos, 
evitamos el estallido de esas aguas oscuras 
que de otro modo no nos dejarían dormir en paz.





EN CASO TE SEDUZCA SER ALGUIEN

A la mayoría nos seduce 
ser alguien en la vida 
y a muy pocos, ser nadie. 
Ser nadie es ser invisible, 
pues las luces del éxito no alumbran 
en la oscuridad. 
¿Qué puedo aconsejarte 
en un mundo en que ser uno más 
es preferible a ser uno mismo? 
Tal vez te sirva de algo saber 
que hubo una vez un hombre 
cuya letra se volvía más pequeña 
cada vez que deseaba esfumarse de esta casa de males. 
O que hubo un señor de pajarita 
que dijo ser varios hombres en uno 
y, por lo tanto, nunca 
llegó a saber quién era. 
Los demás no nos pueden enseñar a ser 
en tanto nos juzgan siempre idénticos 
a nosotros mismos. 
Todo lo que te pido 
es que escuches a quienes no tienen oído 
y veas a los que no tienen ojos. 
El mundo, como dijo Pessoa, 
está lleno de enmascarados 
y antes que ser alguien en la vida 
es preferible ser uno mismo en la nada.




INTERNET DE LAS COSAS 

Finalmente, la simultaneidad de la realidad y la ficción estarán a punto de 
tiro, cerca de todas partes y de todo tiempo. Los datos serán más 
importantes que los sentimientos y el amor será evocado como una 
cursilería antigua y vergonzosa. El sentido, no los significados, serán 
sacados del camino, apartados de la mente con sendos manotazos, 
desconectados de su sinapsis milenaria, de su irracionalidad pasajera y 
brillante, de su hondura conmovedora. Poesía, tu deber es sobrevivir en la 
cotidianidad horrenda de las cosas, en la superficialidad atroz de lo vulgar. 
Amado poeta, no te detengas, da like a la insignificante fotografía de las 
profundidades.




"Soy el escriba que viene de las dunas altas, 
 de la oquedad desértica del tiempo. 
 Aquí hablo un lenguaje hereje, primitivo, 
génesis rupestre en las formas infinitas de mi no ser. 
 Aquí soy el guerrero de la vida, 
 el irascible corazón que ama el universo."
                                               
                                                                             LEG.





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